03 noviembre, 2005

Comunicación médico -paciente


Avicena fue uno de los más grandes médicos de su época (siglo XII d.C ). El
Maristán, donde funcionaba la escuela de medicina, estaba situada en Persia.
Cuenta Noah Gordon en su libro The Phisician una anécdota que ocurrió en una
recorrida de sala. Tuvo como protagonista a un joven estudiante de medicina
llamado Askari, un paciente de nombre Amahl Rabin y el propio Avicena.

Amahl Rabin, un camellero, padecía cálculos en el riñón. Al cabo de varias
semanas había mejorado lo suficiente como para ser dado de alta excepto por
una persistente inapetencia. Avicena se acerca a la cama, se presenta, le
pregunta de dónde proviene y continúa dialogando en el dialecto del
paciente. Luego le indica a un colaborador que traiga solamente dátiles y
leche de cabra. Amahl Rabin come vorazmente luego de semanas de ayuno e
incomprensión. En el desierto, los camelleros sólo se alimentaban con
dátiles y leche de cabra. Avicena se dirige a sus alumnos y les dice:
"Siempre debemos recordar este detalle de los enfermos que están a nuestro
cuidado; acuden a nosotros pero no se convierten en nosotros". Y agrega:
"Algunas veces no podemos salvarlos y otras los mata nuestro tratamiento".
Avicena había rescatado la individualidad del paciente.

Hechos como éste, aun 900 años después, no son infrecuentes en la medicina
moderna; la comunicación entre los médicos y sus pacientes adolece de
interferencias, errores y prejuicios.

La comunicación se basa en el lenguaje, pero las palabras (unidad funcional
del lenguaje) no tienen un único significado ni encierran verdades
absolutas. Jacques Derrida (filósofo y estudioso del lenguaje) nos ofrece un
ejemplo cuando marca una importante diferencia entre tolerancia y
hospitalidad. Tolerancia, dice, es el inverso de hospitalidad; tolerancia
implica poder, el poderoso tolera al otro, pero no lo incluye. Hospitalidad
es recibir al otro en un marco de convivencia. Los médicos debemos ser
hospitalarios con nuestros pacientes, no necesariamente tolerantes.


En la práctica médica el lenguaje utilizado y la comunicación pueden ser por
sí solo sanadores. La medicina crítica es un "laboratorio de la
comunicación". La vida, la muerte y el sufrimiento son hechos cotidianos; la
comunicación, su tabla salvadora. Sin embargo, es un error pensar que la
medicina crítica está vinculada indefectiblemente a la muerte; es más, la
muerte es infrecuente. No así el sufrimiento, que es frecuente especialmente
en los familiares de los pacientes. A éstos la terapia intensiva les resulta
un lugar extraño y la espera se transforma en una tortura especialmente
durante la noche o en el momento previo a recibir el parte médico.

Los familiares en esas circunstancias muchas veces verbalizan sentirse
frente al "juicio final". Es aquí cuando la comunicación entre el médico y
los familiares establece la posibilidad de un contacto humano único capaz de
minimizar la angustia. Un diálogo entre dos seres humanos que buscan pensar
juntos.

A pesar de que los seres humanos son la integración de lo somático, lo
psíquico y lo espiritual el concepto todavía reinante es mayoritariamente
biológico. Aquí está la clave: tratamos personas, entonces también tratamos
el espíritu, o deberíamos hacerlo.
¿Estamos los médicos preparados para semejante tarea? Honestamente creo que
no, pero esta afirmación tiene múltiples aristas. Los enormes avances en
biología nos han alejado de otros conocimientos tales como la filosofía o la
metafísica; nos olvidamos de que la mayoría de los seres humanos creen en
algo superior.

Los médicos, presionados por los avances científico-técnicos y los modelos
económicos vigentes, nos vemos obligados a especializamos cada vez más y
partimos el conocimiento en innumerables piezas. Partimos tanto el
conocimiento que sólo nos interesa la enfermedad, no el individuo en forma
integral.

Este error es muchas veces involuntario, producto de la necesidad de
adaptarnos y no quedar fuera del sistema. Deberíamos preguntarnos entonces
si este sistema que considera a la despersonalización un "daño colateral" no
debería ser reformulado. La atención de la salud es multidisciplinaria
teniendo en cuenta las costumbres y los hábitos dentro de un contexto: la
sociedad.

Deberíamos plantearnos si ya no es hora de hacer un giro completo e
incorporar con espacios amplios a otras disciplinas tales como la
psicología, la filosofía o la antropología en el proceso de atender
pacientes en las instituciones. O hacer propia la pregunta del psicólogo
Benjamín Uzorskis cuando dice: "Cabe preguntarse en qué medida el
guardapolvo blanco del médico es un indicador de una supuesta uniformidad de
acciones para pacientes que son esencialmente diferentes".

Vivimos en una sociedad, no en una economía. Habitamos un mundo entrelazado
por la diversidad. Lo que muchas veces llamamos verdad desaparece cuando
corremos el velo. Si verdaderamente tratamos personas y no enfermedades, la
gestión de un modelo de salud nos obliga a un desafío aún mayor: descubrir
las dimensiones más valoradas por un paciente, a saber:


Respeto a valores, preferencias y necesidades

Coordinación e integración de los cuidados

Información, comunicación y educación

Confort físico

Apoyo emocional, alivio del miedo y la ansiedad

Participación de la familia y los amigos

Transición y continuidad.


No atendemos "un cáncer" sino a un paciente y por añadidura a su entorno
afectivo, sus creencias sus valores.
El psiquiatra Thomas Szasz reflexiona: "Antes, cuando la religión era fuerte
y la ciencia débil, el hombre confundía la magia con la medicina; ahora que
la religión es débil y la ciencia fuerte, el hombre confunde a la medicina
con la magia".

Nuestros pacientes no necesitan magia. Nuestros pacientes necesitan de parte
del médico conocimiento, compromiso y dedicación, porque la relación entre
un médico y su paciente es tan simple y tan profunda como un diálogo entre
dos seres humanos.

*El autor es Jefe de Clínica de Terapia Intensiva (Hospital Italiano),
Vicepresidente de la Sociedad Argentina de Terapia Intensiva.
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